SIN “PEROS” CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES

ÁGORA

16 de junio de 2018

SIN “PEROS” CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES

Según datos ofrecidos el día 11 del presente por la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León, en los tribunales de nuestro estado a diario hay 50 mujeres denunciando a sus parejas por ataques violentos. Son números que suenan a exageración en un país donde las estadísticas hace mucho que dejaron de serlo, pero que revelan la existencia de un crimen invisibilizado cuya escena es el hogar, ese sitio en donde las mujeres deberían sentirse seguras.

Confieso que el dato me pareció increíble y por ello revisé los registros a nivel nacional para encontrar otra cifra que corroboró mis impresiones: el 70% de las mexicanas asegura haber sufrido algún tipo de violencia por parte de sus parejas. Yo, con un varón y una señorita como hijos, supuse que, si ellos tuvieran 9 hermanas y 9 hermanos, verían cómo siete de ellas sufrirían por los ataques de sus parejas en lo que siete de sus hermanos ni siquiera se inmutarían porque aceptarían que agredir es el medio ideal para dirimir cualquier diferencia con una mujer.

La naturaleza de esa suposición me llevó a ver que, en el fondo de este problema, existe, como causa importante, la descalificación con la cual tratamos a dicho abuso. No puede negarse que las denuncias de las mujeres suelen ser pasadas por alto o verse despojadas de la seriedad indispensable en su tratamiento. Eso demuestra una sensibilidad colectiva maltrecha que condena a las mujeres agredidas a vivir con coraje y en silencio, equiparadas en su drama con las víctimas de la narco violencia o la violencia política, otros lastres en donde la gente califica de “malandros” o “revoltosos” a los afectados sin tener bases para ello y aún y que no les niega una cuota de compasión. Si alguien duda de esto, le invito a que considere lo que las mujeres deban soportar cuando se atreven a alzar la voz. Así, si una mujer denuncia que fue golpeada por su pareja, en la mayoría de los casos se le hará ver que el ataque no sucedió en las condiciones aludidas pues “las viejas siempre exageran las cosas”; ahora bien, si se acepta que el ataque sucedió en los términos referidos por ella, entonces no se le considera al hecho como un ataque pues “igual y es una cosa de pareja, mejor ni meterse”; luego, si se acepta como necesaria la intervención en el hecho dado que sí es reconocido como grave, el argumento para no hacerlo apropiadamente es que “algo debió hacer la vieja para sacar al vato de sus casillas”; y, finalmente, si se acepta la presencia de violencia grave, bueno, “comparado con tanto secuestro, tanta ejecución y tantos desmadres que de veras son importantes, que le peguen a una vieja no es como para intervenir pronto”.

Urge entonces preguntarnos por qué aceptamos esa situación, qué sucede con nuestra capacidad afectiva. Debemos entonces pensar en términos de un replanteamiento a nuestras creencias colectivas y asumir que la violencia contra las mujeres no es su responsabilidad, por lo cual no deben dejar de beber alcohol en fiestas o bares si quieren evitar ataques sexuales ni mucho menos vestir faldas hasta los tobillos o blusas sin escotes si quieren ir por la calle al margen de vituperios o acosos. La única solución para este problema es que cambiemos la perspectiva de toda la comunidad, no sólo las de las mujeres, y que nos atrevamos a decirle “Adios” a eso que aceptamos como “seductor” o “varonil” y que, en el fondo, no es más que “agresivo” o “violento”.

Quizá el primer paso lo tenga que dar el Estado tomando al problema como un asunto de política pública y no nada más como materia de discurso, pero en lo inmediato hay que plantearlo en las escuelas, en los foros, en los medios, con nuestras familias, en las reuniones con nuestros amigos, incluso en los diálogos de alcoba. La ley es un asunto clave para acabar con esta situación, cierto, pero no olvidemos que en México la ley es una condición a donde muchas veces no se llega con tanta facilidad. No obstante, y mientras eso sucede, podemos abrir la brecha poniéndole un “pero” a nuestros “peros”. Sé que no parece mucho… pero lo es.

 

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Por |2018-06-15T21:47:56+00:00junio 16th, 2018|Columna|Sin comentarios

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