El malestar de la cultura visto desde el punk.

Por José Ignacio Mendoza Valdez.

Ahora que comienza a perfilarse la agenda cultural del próximo sexenio en función de un documento (“El poder de la cultura”) y dos principios visibles (redistribuir la riqueza cultural y proponerla como instrumento para la paz y la convivencia ciudadanas), me es inevitable pensar en el Punk, lo cual también supone pensar en The Sex Pistols y Malcom Mc Laren, su manager: un egresado de estudios en arte quien, más que promover una ideología o corriente musical, se interesó en hacer dinero con la irreverencia.

Nadie ignora que los Pistols fueron un fraude en cuanto que Mc Laren los concibió como unos anticristos cuyo fin fue la desobediencia como patente de corso. En ese sentido, si bien es cierto que los Pistols no hicieron algo nuevo (protestar, reclamar y rebelarse son la quintaesencia del rock en cualquier corriente y época), si demostraron que la incapacidad para auto censurarse es algo por demás rentable, lo cual le dio a su público la oportunidad de hablar y ser como les viniese en gana, mérito que no pocos críticos asociaron con cierta modalidad anárquica cuyos antecedentes en la historia de las expresiones culturales los equiparan a los prerrafaelistas ingleses o al Cabaret Voltaire de Zurich. A ojos de muchos estudiosos eso fue una expresión fragmentada y cercenada de la historia cuyo fin fue demoler lo existente para restablecer otro orden, sólo que los Pistols parecieron vivir al margen de ello y por eso tuvieron el descaro de reconocerse como unos estafadores. Por fortuna la cuestión no fue extensiva a otras bandas que asumieron a dicho principio y vivieron de ese modo cada vez que se trepaban al escenario, cuestión que explica por qué, al día de hoy, hay quienes afirman que el Punk en realidad no ha muerto, sino que sólo se redescubre aún y que el movimiento en su versión Pistols se haya comercializado en esferas tan disímbolas como la moda o la TV, esas en donde los mensajes suelen transmitirse con actos, no con ideas, un hecho por el cual encontramos en un lado de la balanza al modelo Pistols mientras que en el otro encuentren los aferrados del movimiento, esos que han hecho de la escena independiente su hábitat y que han dado pie a una progenie tan amplia y variada de bandas y expresiones donde pueden encontrarse a Joy Division, a Bauhaus, a GBH o a Corrosion of Conformity por dar sólo unos ejemplos.

Tomando en cuenta eso, creo que hay que seguir puntualmente las condiciones en las cuales vaya a desarrollarse la agenda cultural del próximo gobierno federal dado que, por sus planteamientos, se vislumbra una línea muy delgada entre hacer las cosas bien y ofrecer más de lo mismo… tal y como sucedió con el caso del Punk. Bajo ninguna circunstancia cuestiono los afanes de lo que parece ser la política de la próxima administración federal en pues creo firmemente que nuestro país requiere de una práctica cultural dinámica, incluyente y transversal, pero lo preocupante es que las buenas intenciones se limiten a la forma antes que al fondo, y así lo creo porque, por poco romántico que se oiga, el ejercicio de la política cultural requiere de factores que hasta ahora no han sido referidos por quienes aparentemente llevarán las riendas en dicho rubro (y hablo de diagnósticos validados, programas estructurados en objetivos y metas, estrategias visibles y, por supuesto, talentos a cargo de las labores y fondos para operar). Si esos factores existen y son bien empleados, seguramente la política pública conocerá buenos frutos en la próxima administración, pero si no sucede así entonces se corre el riesgo de que la cultura nuevamente se instrumentalice, lo cual supondría la persistencia de viejos vicios como la existencia de camarillas, el uso discrecional de recursos o la opacidad en la rendición de cuentas. La consecuencia de ellos será que las iniciativas se replieguen al anonimato o laboren desde el desdén, situación que no favorecería a nadie más que a quienes se verían beneficiados con “el poder de la cultura”.

Si trasladamos esa impresión al panorama Punk resulta lógico no esperar a que surjan unos Sex Pistols por más que estén perfectamente estructurados, pero tampoco quiero que debamos ir a las catacumbas o a los círculos iniciáticos para admirar a The Exploited. Lo ideal es que exista una condición en donde esos talentos se manifiesten y sean localizables. Así lo creo porque los problemas en los que se ha metido el país en materia de cultura obligan a repensar a dicho sector desde sus cimientos, pues la ineficacia de muchas políticas culturales y la falta de ética, compromiso y profesionalismo por parte de algunos de sus funcionarios han generado estructuras formales que viven en una simbiosis percibida como hermanos siameses que comparten órganos vitales indivisibles. En tales condiciones lo último que necesitamos son medidas que gestionen en el marco de lo posible. Hay entonces que trascender a fuerza de pensar los problemas desde otra perspectiva en donde, volviendo a la referencia aquí mostrada, no debe haber espacio para tipos que, como Mc Laren, quieran llenarse los bolsillos a costa de la apariencia o la desvergüenza.

Por |2018-09-06T10:23:34+00:00agosto 25th, 2018|Uncategorized|Sin comentarios

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José Ignacio Mendoza Valdez