Más allá del desierto por Ignacio Mendoza

MÁS ALLÁ DEL DESIERTO

Hace un par de semanas se declaró como desierto un concurso literario convocado en nuestra ciudad y me fue imposible sustraerme a ello no porque me haya molestado con el fallo –yo ni siquiera participé-, sino más bien porque la forma en la cual se empleó el mecanismo del desierto hizo que me preguntara si el Jurado quiso evidenciar que nuestros escritores son tan malos como para merecer esa clase de desaires. Si es así, caben estas reflexiones.

En primer lugar, asumir que un premio sólo sirve para escoger a un ganador me parece limitante, incluso inapropiado. Valdría la pena averiguar si los Jurados han considerado que un premio de esa clase puede servir para revelar los temas que les interesan a los creadores, las técnicas que exploran, sus influencias y obsesiones, en fin: todos esos aspectos que integran y auto determinan no sólo a sus obras, sino en especial a nuestra cultura. Ese es un aspecto que no puede echarse en saco roto si observamos que la convocatoria del premio en cuestión distinguía como esencial el destacar aquello que contribuye a la cultura de nuestro país y, en especial, a la del noreste mexicano. Visto así, que un ganador sea designado como tal en función de la calidad excluye muchos aspectos de semejante valor.

En segundo, ciertamente: el jurado argumentó como causa de su decisión la falta de calidad en las obras participantes. Jamás negaré la importancia de tal aspecto, pero pensar en términos de calidad obliga también a analizar el papel de los convocantes. Si la excelencia es el santo grial del concurso, preguntemos entonces dónde están las líneas de acción que las instituciones convocantes han puesto en marcha para que eso así suceda, intención que cobra relevancia si anotamos que los convocantes son instituciones públicas. En ese sentido, ¿cuántos cursos, talleres o seminarios han promovido y cuáles han sido sus resultados? O bien: ¿han establecido alianzas con otros sectores o instituciones para fortalecer sus programas? Por supuesto: las instituciones no son responsables de la producción artística ni debemos esperar que lo sean, pero sí ocupan una posición privilegiada para incidir en que eso suceda, punto cuyo fomento no sólo depende de la celebración de un concurso. Pero hay algo todavía más inquietante: ¿saben dichas instituciones que ha sido de los ganadores? ¿Están al tanto del rumbo que tomaron sus trayectorias tras obtener el premio? ¿Podrán informar si se agotaron los tirajes de las obras que les publicaron como parte del premio (sería terrible saber que están almacenadas en alguna bodega esperando el remate)? ¿Los ganadores han sido convocados para participar en algún programa que, de un modo u otro, les permita retribuir lo que han ganado? Incluso cabe una pregunta todavía más simple: ¿se han montado las obras ganadoras? De ser así, ¿qué comentarios recibieron por parte de la crítica y del público?

Pero seamos más incisivos y supongamos que sólo existen respuestas afirmativas a estos cuestionamientos y lo sucedido en la edición del concurso es una excepción en la regla. Si es así, ¿acaso la calidad se estimulará con una declaración de desierto? Responder a ello nos lleva al último planteamiento. Suponiendo que la razón de ser del concurso es estrictamente la calidad. En tal escenario, no creo que la declaración de desierto abone a lograr eso no sólo por lo que ya mencioné, sino también porque eso exige que se analicen las circunstancias desde un ángulo más amplio. Dicho de una manera más sencilla: los escritores son malos y no merecen ningún premio, de acuerdo, pero, ¿acaso no es sospechoso que las declaraciones de desierto no hagan señalamientos al mismo sistema aunque sí despotriquen contra los escritores? ¿Por qué no tomar esta experiencia para emprender un diagnóstico integral? Como ya lo dije, hacer arte no será responsabilidad directa de ningún gobierno o institución, pero sí es responsabilidad de ambos crear una cultura afín al arte, y eso supone análisis, honestidad y voluntad de cambio para mejorar.

Francamente espero que eso así suceda pues revelaría una voluntad oficial que trasciende la idea de dar premios sólo porque hay fondos para darlos y apostaría por la promoción de condiciones a favor de los creadores y la cultura. No hacerlo supondría mantener lo que hasta ahora se percibe: la existencia de una circunstancia donde no caben quienes deberían entrar por la puerta principal.

 

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