ÁGORA · POR IGNACIO MENDOZA · CUANDO EL DESTINO LES ALCANCE

ÁGORA
POR IGNACIO MENDOZA
CUANDO EL DESTINO LES ALCANCE

Un amigo me confió la reciente oportunidad que tuvo de desayunar con una vieja gloria de la política local. No sólo se sorprendió de que el hombre comiera con la voracidad de quien corre contra reloj, sino que le atrajo el tono con el cual despotricaba contra todo lo que supusiese un estilo de gobierno diferente al suyo. Como era de esperarse, mi amigo adivinó en aquellas palabras la nostalgia de quien extraña la patria perdida: el héroe trágico que se reconoce alcanzado por el destino y aun así busca lucha contra él aunque sea una causa perdida. Eso me hizo pensar en la cantidad de políticos que verán esfumarse su poder a partir del próximo 02 de julio y que obligan una pregunta: ¿qué harán los aludidos cuando se hallen de vuelta a la rutina? La pregunta no es gratuita si consideramos que en los puestos públicos hay mucha responsabilidad, cierto, pero también bastante comodidad. Así, colocando a tales personajes frente al pánico del ingreso reducido, la desmemoria o la influencia acotada, me preocupa que los artilugios con los cuales solucionen el dilema revele una pasión cuya esencia existe estrictamente en el ejercicio del poder, una inclinación cuyos efectos nos afectan a todo.

Para dimensionar lo anterior cabe considerar que la única función del poder es influir sobre la realidad, modificarla, por ello encuentra en la política su hábitat natural. El poder existe conforme recibe la aprobación de los otros, de ahí que, al ejercerse, se traduzca en influencia, lo cual luego puede derivar en vanidad, soberbia o prepotencia. Eso explica por qué cuando el poderoso pierde poder se aferra a la idea de que aún lo conserva, y, si ese no es el caso, entonces se encargará de enviar el mensaje de que aún puede influir. Eso termina convirtiéndose en una lucha desgastante contra sí mismo y contra quienes le rodean ya que, en su desmesura, el una vez poderosos se atreverá a probar la debilidad del fuerte (eso explica los pronunciamientos temerarios), banalizará las necesidades de algunos (ahí podemos pensar en las descalificaciones a iniciativas o proyectos) y entronizará los caprichos de otros (eso refiere su presencia en comités o convocatorias), lo cual lo llevará a un proceso de descomposición del cual no podrá sustraerse pues, al verse en desventaja, terminará aliándose con quien le garantice supervivencia: condición que supone la posibilidad de volver al reino de donde fue desterrado.

No hay que remitirnos a la Historia o a Shakespeare para encontrar ejemplos que demuestren esto. Tampoco hacen falta tres dedos de frente para saber que, tras la pérdida del poder, lo único que resta es la normalidad. Pero lo crítico de la situación es que la normalidad se apareja siempre con el fin, lo cual sólo puede suceder en soledad. En ese sentido, el poderoso no le teme a la soledad porque esa es una vieja compañera de viaje (las alturas no tienen espacio para los tumultos). Lo que realmente aterra al poderoso es la soledad de los comunes, esa que sucede al margen de los homenajes, los aplausos o los monumentos. Por ello no sé qué es peor: si averiguar lo que haría por volver al poder ese viejo político con el cual desayunó mi amigo o imaginar lo que están dispuestos a hacer aquellos que quieren adquirirlo o conservarlo. Ese es otro de los motivos por los cuales debemos razonar el voto.

Ignacio Mendoza

Ignacio Mendoza

Por |2018-06-09T18:31:31+00:00junio 9th, 2018|Columna|Sin comentarios

About the autor: