La condición ausente por Ignacio Mendoza

ÁGORA
Por Ignacio Mendoza

LA CONDICIÓN AUSENTE

La Historia reciente consigna al discurso que ofreció Al Gore en el año 2000 como uno de los más emotivos y nobles. En él Gore reconoció el triunfo de George W. Bush en la contienda presidencial, mismo que, ciertamente, el republicano consumó no por la vía del voto, sino a través de un fallo de la Suprema Corte de Justicia.
La situación tuvo origen en un dramático recuento de votos en Florida, último estado de la unión americana en ese entonces con votos por computar, el cual demostró que la balanza de las preferencias no se inclinaba hacia ningún lado, de allí que fuera necesaria la intervención del máximo tribunal para reconocer al ganador de la contienda electoral. Sin embargo, y en acuerdo con la opinión de la gente, Gore había ganado la elección de calle mientras que Bush sólo aspiraba a beneficiarse de una decisión de escritorio donde quizá poco tendría que ver la democracia y la voluntad popular. Como es de suponerse, la circunstancia estaba dividiendo al país y, por ello, al darse a conocer el fallo, todos esperaban una respuesta incendiaria por parte del demócrata. No obstante, cuál fue la sorpresa de todos al distinguir que Gore no convocó a la guerra, mucho menos al desacato: antes se pronunció con firmeza por el respeto, la integridad, el trabajo en conjunto y, en especial, por la aceptación absoluta de cualquier indicación que diesen las instituciones. Vaya: su generosidad incluso lo llevó a bendecir a Bush en su nueva responsabilidad como presidente; también le ofreció su apoyo en cualquiera de los términos que él o la situación ameritaran.
Habrá quienes lean en ese discurso una cuota de la hipocresía tan común en la arena política; empero, yo prefiero leer ahí la voluntad de un político segura y humanamente dolido por la derrota, pero consciente de la urgencia por mantener el carácter democrático de su país con el fin de evitar que el Estado se haga trizas. Ese es un rasgo que no puedo dejar de calificar como propio de una persona con estatura moral, y esa es –con tristeza- una condición que tuvo poca presencia en la mayoría de los discursos con los cuales los candidatos a la presidencia de nuestro país cerraron sus campañas. Descalificaciones, acusaciones, amenazas, fanfarronadas: más de lo mismo en las palabras con las cuales la gran parte de los candidatos presidenciales cerraron sus afanes para ratificarse como promotores de la división, de la oposición afianzada en los intestinos, sin ánimos por tender una frase de tranquilidad que nos diera certidumbre o animara a ejercer el derecho al voto y sí más preocupados por asestar la estocada definitiva que garantizara el control de la situación.
Tal y como ya lo anticipé, las elecciones están a la vuelta de la esquina y me preocupa que no se vea entre los candidatos una voluntad por adoptar una actitud como la de Al Gore. Aun así, espero que, al final de la jornada, haya humildad entre los perdedores para convocar a la unidad, al respeto, a la concertación y a la generosidad que se requiere para encontrar similitudes en las diferencias. También espero que los ganadores dejen de lado las actitudes sectarias y de mirar a los demás por debajo del hombro. Así deben hacerlo porque no merecemos tres o seis años de palabrerías mezquinas y actitudes denigrantes. El riesgo en ello es que pueden convertirse en la patente de corso de nuestra vida como sociedad. 

Debido a la veda electoral ésta columna no pudo ser publicada en su momento.
A partir del 2 de julio regresamos con nuestra programación habitual.
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